Cuando llueve

Cuando llueve el día se hace noche, el frío cala los huesos de la mujer que arrulla a su hijo en un rincón de su casa, construida con materiales ligeros. El gélido ambiente avanza por la capital sin permiso ni piedad con la clase social que se tope. No hay excepción.

Cuando llueve la humedad sube y espanta hasta la cucaracha más valiente. Con su manto protege a quienes fomentan la creación e implementación de leyes y normativas que enmudecen a los que filtraban informes judiciales, y amedrenta de forma sagaz a quienes viven por el aliento de la verdad. Quiere ocultar lo que otros gritan. Olvida que el juicio social es más fuerte y que su discurso, a pesar de ser locuaz y críptico, es hoy feble y disonante ante la opinión pública.

Cuando llueve el cielo se encapota con nubes palaciegas y dispara rayos que no logran, por más que se esfuercen, tocar la superficie. A estas alturas, los seres que habitan la tierra aprendieron a defenderse y a discernir las entelequias que caen pavorosamente del éter. Ya no convencen. No logran penetrar en las psiquis de quienes algún día creyeron en ellas.

Cuando llueve el cielo cree que aún es inmanente ante los ojos de su Dios. Se cree impoluto y destina al Averno a quienes lo critican por los casos de corrupción y colusión en las que estuvo envuelto. Más si sus delitos ya están prescritos. En ese instante, la mujer con su niño, el hombre que se dirige a su trabajo, y la juventud que va a hacer sus actividades, aprovechan la ocasión para imprecar contra él por las no oportunidades y abusos que por décadas han padecido. Sin embargo, luego, ensimismados en sus propias historias, cada quien sigue su camino y su propia lucha. Sus quejas se desvanecen cuando aparece el extravagante siroco.

“¡La clave está en la impunidad”, dice el arlequín de la esquina. La esencia podría estar en la ignominiosa vida con la que continuaron los parlamentarios de ayer y los de hoy. Se espera que el viento circunspecto del norte traiga a otros sin amaños ni malas costumbres.

Cuando llueve la noche pesa un poco más, quizás porque a estas alturas ya no se toleran sus peripatéticos discursos ni la escasa moral y ética que los caracterizan.

Cuando llueve

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